LA JORNADA EN JUEGO · ANÁLISIS DEL CLÁSICO

Mourinho vio la grieta de Flick. Mbappé se encargó de romperla.

Minuto 87. El Camp Nou todavía sueña con el 2–1, pero el Barça pierde la pelota y aparece el paisaje que menos le convenía: metros por delante, Camavinga lanzado y Mbappé esperando. Dos toques después, silencio en la grada. El Madrid se lleva el Clásico (1–2) porque supo dónde hacer daño; Flick pasó buena parte de la noche intentando tapar una vía de agua que nunca terminó de cerrar.

· Redacción TodoPorras · Análisis · 6 min de lectura
Barcelona1 — 2Real Madrid

El balón era azulgrana; los espacios, blancos

Si alguien se quedó con el 62% de posesión y los 18 remates del Barcelona, entenderá que sus aficionados salieran mosqueados. El Madrid tuvo el balón bastante menos, apenas el 38%, y disparó diez veces. Sobre el papel parece el partido de siempre: uno lleva la iniciativa y el otro espera su momento. Pero a pie de césped las cosas fueron bastante menos cómodas para el Barça.

Mourinho sabía qué tenía que impedir. Con Tchouaméni y Bernardo Silva pendientes de la zona central y Bellingham atento a las líneas de pase, el Barça encontraba circulación, pero no siempre encontraba al compañero al que de verdad quería darle el balón. Pedri y Rodri podían recibir; girarse con ventaja ya era otro cantar. El partido se fue llenando de pases que no rompían nada.

Ahí aparece una de las grandes discusiones futboleras de la noche: ¿domina el que mueve la pelota o el que consigue que el contrario juegue donde le interesa? Para mí, durante demasiado tiempo el Barça cayó en lo segundo. Tenía la posesión, sí, pero el Madrid estaba decidiendo qué puertas quedaban cerradas y dónde iba a saltar el peligro tras el robo.

Las ocasiones ayudan a entenderlo. Los goles esperados fueron 1,27 para el Barcelona y 2,00 para el Madrid. Con 18 disparos frente a diez, la ocasión blanca media resulta casi tres veces más peligrosa según esa estimación. No convierte al fútbol en una operación matemática: cada ocasión tiene su contexto. Lo que sí hace es pinchar el globo de una explicación demasiado cómoda, la de que el Barça fue muy superior y solo le faltó puntería.

El 0–1 fue un rebote. Y no pasa nada por decirlo.

El primer tanto de Mbappé, en el 41, tuvo su buena ración de carambola. Gerard Martín fue al despeje, golpeó al francés y la pelota acabó dentro. A Mourinho no le hará falta enmarcar esa jugada en la sala de trofeos de la estrategia. Fue un gol afortunado, de los que unas veces te caen a favor y otras te hacen maldecir durante una semana.

Ahora bien, quedarse únicamente con el rebote sería perderse medio partido. El Madrid había encontrado formas de superar la primera presión y obligar al Barça a mirar hacia su propia portería. Diomandé amenazaba el espacio, Cucurella acompañaba desde atrás y Güler y Bellingham ayudaban a dar continuidad a las salidas. La pelota no viajaba siempre con limpieza, pero cuando el Madrid salía, salía con intención. No era despejar por despejar.

También hubo decisiones menos vistosas que pesaron mucho. Valverde, desde el lateral derecho, y Cucurella, pendiente de Lamine Yamal, formaron parte de un trabajo que no sale en el resumen de goles. El Madrid discutió al Barça el centro y vigiló los costados sin perder de vista la carrera hacia delante. En un Clásico, a veces vale más quitarle al rival sus dos jugadas favoritas que montar un festival con la pelota.

El Barça tuvo al Madrid contra las cuerdas. No supo rematarlo.

Conviene decirlo alto: el Barcelona pudo ganar. La segunda parte tuvo tramos de fútbol azulgrana del bueno, de ese que aprieta al rival cerca de su área y le obliga a despejar como puede. Raphinha empató en el 61 y el Camp Nou se vino arriba. Poco después, Gerard Martín cabeceó con peligro y Lunin sacó una mano enorme. Ahí estaba el 2–1. No entró.

Flick reaccionó y su equipo mejoró. Negárselo sería tramposo. Pero la lesión de Xavi Espart ya había trastocado los laterales y, con el partido abierto, seguía sin resolver una pregunta que le estaba persiguiendo desde antes del descanso: ¿quién protege el campo que queda a la espalda de la presión?

El Barça seguía lanzando jugadores arriba, apretando cada pérdida y viviendo al filo de la navaja. Es una forma de jugar que ha dado muchísimas alegrías, pero exige que el equipo esté bien colocado para la siguiente acción. Si el primer acoso falla y el rival sale con tiempo para levantar la cabeza, toca correr hacia atrás. Y correr hacia atrás contra Mbappé no es precisamente un plan de domingo tranquilo.

A Flick no se le puede reprochar que buscara el triunfo. Un empate en casa contra el Madrid tampoco entusiasma a nadie. Sí se le puede discutir que, después de comprobar dónde estaba sufriendo, mantuviera tanta exposición en el tramo en que un solo error podía decidirlo todo. Su equipo atacó mejor; no defendió mejor lo que pasaba cuando dejaba de atacar.

Camavinga entró fresco y encontró una autopista

En el 79, Mourinho recurrió a Camavinga. No era el cambio del futbolista que sale a sujetar un empate y a perder segundos junto al córner. Buscaba energía, conducción y una pierna capaz de ganar metros. El Madrid necesitaba volver a pisar terreno rival con criterio y no limitarse a aguantar el chaparrón.

Ocho minutos después llegó la jugada que decidió el partido. Bellingham participó en la salida, Güler dio continuidad y Camavinga aceleró hacia el espacio que el Barça había dejado abierto. Su pase puso a Mbappé en posición de marcar. Esta vez no hubo un rebote amable ni un despeje desafortunado: hubo un ataque a la espalda de la defensa y un delantero que no perdonó.

Ahí está la diferencia entre los dos goles blancos y, seguramente, la mejor explicación de la noche. El primero lleva un componente de suerte imposible de disimular; el segundo señala una debilidad que Flick había tenido tiempo de detectar. Mourinho vio que seguía allí y metió a un jugador que podía explotarla. La pizarra no mete goles, pero ayuda bastante cuando el rival te deja el pasillo.

Una victoria con mérito y alguna deuda pendiente

Tampoco convirtamos al Madrid en una máquina perfecta por haber ganado. Pudo sentenciar antes y dejó escapar salidas peligrosas. Lunin tuvo que intervenir cuando el Barça apretaba. Durante un rato, el plan de Mourinho estuvo más cerca de torcerse de lo que sugiere el entusiasmo del resultado final.

Eso no le quita valor al triunfo. Al contrario: lo hace más interesante. Mourinho acertó en la lectura inicial, sufrió la reacción azulgrana y volvió a tocar una tecla decisiva desde el banquillo. Flick consiguió levantar a los suyos tras el descanso, pero se marchó sin cerrar el agujero que el Madrid llevaba buscando desde el principio.

El Barça llegaba con nueve victorias en nueve jornadas. Su primera derrota le dejó una ventaja de tres puntos sobre su perseguidor. No se ha perdido la Liga en un Clásico de octubre, ni mucho menos. Pero sí hay un aviso que debería escocer en el vestuario: si cada pérdida cerca del área contraria se convierte en una carrera desesperada hacia tu propia portería, algo falla en el equilibrio. Contra rivales menos finos quizá salgas vivo; contra este Madrid te puede costar el partido.

La próxima jornada, ojo con el favorito

Este es el tipo de noche que pone patas arriba cualquier porra. El favorito por clasificación, la posesión y el empuje local parecía tener argumentos de sobra. Pero el partido se resolvió en otro sitio: el centro del campo, la primera presión y los metros que quedaron a la espalda. Antes de marcar un «1» por inercia, igual conviene mirar quién llega a esos espacios cuando la jugada se rompe.

Y si algún amigo dice ahora que tenía clarísimo el 1–2 y el doblete de Mbappé, que enseñe el pronóstico guardado antes del pitido. A toro pasado, en fútbol, todos llevamos un poco de Mourinho dentro.

Así fue el dueloBarcelonaReal Madrid
Posesión62%38%
Remates1810
Remates a puerta65
Goles esperados (xG)1,272,00
Córneres66